Tigre volvió a propinar un nuevo fracaso en la Copa Argentina y siembra la duda: ¿a quién hay que culpar?

 

Deportivo Riestra derrotó a Tigre 3-1 en la tanda de penales de los 32avos de final de la Copa Argentina luego de haber igualado a 2 en los 90 reglamentarios. Esto deja secuelas importantes en el Matador dado que derrumbó la moral conseguida con la victoria 2-1 sobre Talleres el pasado viernes, que significó el final de una racha de cuatro derrotas consecutivas.

De esta manera Tigre acumuló su tercera participación con un “hola y adiós” junto con las ediciones 2012/2013, en la que cayó 1-0 ante Juventud Antoniana, y 2015/2016 cuando cayó por penales frente a Douglas Haig. A su vez, el matador también suma dos participaciones con tan solo una ronda avanzada: en la 2013/2014, cuando eliminó a All Boys y sufrió a Rosario Central, y la 2014/2015 en la que dejó en el camino a Gimnasia de Jujuy y fue eliminado en 16avos a manos de Racing.

¿Qué falló? Es la pregunta que se deben estar haciendo los seguidores de Tigre dado que el rival era plenamente inferior, tanto en categoría como en jerarquía de plantel, y Facundo Sava no dudó en alinear a los habituales titulares con la excepción de Urribarri.

Lo que viene fallando desde la asunción de Sava es la decisión y definición en los metros finales junto al retroceso defensivo los segundos tiempos. Estos tres factores fueron comunes en todos los partidos que Tigre disputó desde la fecha 19, quitando el que enfrentó a San Lorenzo por el desastre organizacional que resultó ser la segunda mitad tras 17 minutos de espera por un corte de luz, y la lluvia que agregaba un toque de imprevisibilidad e imprecisión.

Insisto, el planteo táctico de Sava es formidable y es de mi agrado pero los jugadores parecen no estar capacitados para sostenerlo durante la totalidad de un partido. El choque con River es un claro ejemplo de esto. En dicho encuentro la presión de Tigre dio sus frutos en el primer tiempo, forzando el error o la utilización del pelotazo por parte de los adversarios. Pero llego el segundo tiempo y Tigre cambió la cara y se mostró fatigado y poco lúcido, dejando de lado los horrores arbitrales a la hora de anular dos goles, permitiéndole a River agigantarse a pesar de que estaba jugando con los mismos jugadores que 72 horas atrás le habían ganado al Melgar por Copa Libertadores. El conjunto millonario se quedó con la victoria por dos goles de otro partido, uno por un regalo de Galmarini y otro por un bombazo inatajable de Mora.

Esta faceta que muestra la carencia física del plantel también se hizo notar en el último partido frente a Talleres. Antes de llegar al entretiempo, Sava tuvo que suplantar a Ellacopoulos y a Galmarini por molestias musculares en sus isquiotibiales cuando habían tenido seis días de descanso respecto al último encuentro disputado.

Pero no hay que olvidarnos de los que, desde mi óptica, son los que mayor responsabilidad cargan sobre sus hombros: la dirigencia. Tanto Rodrigo Molinos como Margaraña se han olvidado de invertir seriamente en el plantel, haciendo parecer que Unidad Tigrense no tuviera un proyecto potable y sustentable a largo plazo. Esto puede deberse a la falta de oposición en el club de Victoria donde Molinos fue reelecto al no tener oposición, un caso similar al que se enfrentó Margaraña el año pasado.

Una directiva que incorpora jugadores con el rótulo de compra cuando en realidad se le ofrece un contrato a 18 meses que, en la mayoría de los casos, los refuerzos cumplen y deciden buscar un nuevo club con el pase en su poder sin que Tigre reciba un centavo por su salida.

Esta forma de tratar los contratos del plantel hicieron que Rubén Botta, la última joya de la cantera azulgrana, se fuera gratis al Inter en junio de 2013 al tener seis meses de vínculo restante con el club cuando, según expertos internacionales, se lo podía tasar en 7 millones de dólares. ¡SIETE MILLONES DE DOLARES! Un dineral para un Tigre que, en ese entonces, tenía un once titular interesante con una buena defensa con Donati y Echeverría, en su mejor momento; Arzura como mediocampista de contención junto con Botta y Pérez García en la conducción y el Chino Luna con Pablo Vitti como pareja ofensiva. Un equipo que sin Botta y con siete millones de dólares listos para invertir hubiese sido serio candidato en la lucha por el campeonato, si el dinero se utilizaba a consciencia con una profunda búsqueda de jugadores.

Los últimos que dejaron sumas de dinero importantes en las arcas del club fueron Norberto Paparatto, 1,1 millones de dólares con su salida al Portland Timbers en el verano de 2013, Lucas Orban, 2 millones de euros en julio de 2013 con su partida al Bordeaux, Matías Pérez García, 2 millones de dólares por su venta al San José Earthquakes en invierno de 2014, Joaquín Arzura, 1,5 millones de dólares luego de que River lo comprara en enero de 2016, y Federico González, el más reciente, con su emigración al Puebla por 300 mil dólares.

Esta comparativa demuestra como venta tras venta los valores se reducen por el simple hecho de que la plantilla de Tigre se desvalorizó con esta política de compra que comenzó Molinos y parece seguir Margañara.

Ahora hay jóvenes surgidos en las inferiores del club que prometen pero tampoco se los puede quemar. Sosa, Cardozo, Castro y el buen nivel que empezó a demostrar Ellacopoulos hacen que el hincha de Tigre se ilusione aunque, en mi caso, siempre desconfiando de todo por los pésimos movimientos que se dieron en los últimos años. A ellos se les puede sumar la próxima vuelta de Lucas Janson a la primera, luego de disputar los 90 minutos de la derrota de la Reserva ante Talleres, y la especulación que surgió desde en torno a Spinelli, goleador de las inferiores, desde su ascenso al primer equipo.

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