Comentario por Juan Calderaro

No tengo ni idea de cómo empezar esto, para qué mentirte. Son las 3 de la mañana y sigo lagrimeando. Cogí el suficiente valor como para poder tratar de transcribir la montaña rusa de emociones que tengo en la cabeza en una hoja.

Uf, esto es fuerte, tanto que ni siquiera puedo conmigo. Hoy me tocó presenciar algo que en mi alma quedará por la eternidad, y vivirlo desde la tribuna, como los 40.000 hinchas allí presentes, o seguirlo desde cualquier lugar del mundo, como aquellos 4 millones, fue algo mágico.

Yacíamos casi sin ninguna posibilidad en una copa que no te da tregua, que, si te tiene que soltar la mano, con gusto lo hará. Pero, nunca, ninguna situación adversa no le permitió soñar a San Lorenzo. Por eso digo que no me vengan a hablar de milagros, soy cuervo y de estos, soy licenciado.

Así lo demostramos en cada gesta histórica, en la vuelta a Boedo, en el campeonato del 95, en la Libertadores del 2014, entre otras miles y miles.

El Ciclón, que hasta hace un mes atrás sólo tenía un punto y parecía ya, nuevamente descartado en fase de grupos de otra Libertadores, logró una clasificación como solo San Lorenzo puede clasificar.

Mientras las agujas del reloj marcaban las 23:20, los clasificados del “grupo de la muerte” (grupo 4) eran Católica (que ganaba 1 a 0) y Flamengo (que ganaba 0-1), todo parecía ya más que decidido. San Lorenzo se tenía que volver, una vez, en fase de grupos de la maldita histérica por 3er año consecutivo. Pero, vengo a decirles algo: Jamás, nunca en la vida, den por muerto a San Lorenzo. Porque sabe de milagros, sabe de utopías, y tiene esa ayuda divina que de algún lugar nos da una mano. Y así, 20 minutos después, el panorama cambió totalmente: San Lorenzo le ganaba al Flamengo con un gol en el último minuto y Paranaense también dio vuelta un partidazo para quedarse con la victoria por 2-3. Totalmente épico, totalmente loco.

Por eso, hermano cuervo, festejá, disfrutá, cantá, saltá y gritá; sí, gritá, grítale a los 4 vientos que vestís orgulloso (como siempre) la bella casaca azulgrana.

Es que, ser bendecido con estos colores es algo que siempre voy a agradecerle a la vida y, por supuesto, a mi querido viejo. Ese viejo que siempre está ahí, al lado tuyo, desde pendejo, llevándote a la cancha. Y qué decir del mío, si con tal solo contarles que pude presenciar la final de la Copa con él y que al sonar el pitillo que daba fin al partido nos miramos, nos abrazamos y empezamos a llorar juntos, ya digo todo.

Nunca me voy a olvidar la respuesta que me murmuró, entre lágrimas y los millones de gritos eufóricos, a lo que le dije durante aquél hermoso abrazo:

-Gracias, pá, por hacerme de San Lorenzo.

-No hijo, gracias a vos, por elegir ciegamente estos colores confiando en mí, y darme la mejor alegría que un padre puede tener: un abrazo sincero y despreocupado de su hijo. Y la Copa Libertadores, claro.

Siempre amé su rapidez para hacer chistes y su eterna originalidad.

Anoche, se dio una secuencia muy similar. En el gol de Belluschi, me arrodillé en la popular, miré para abajo y, desconsolado por la locura del momento, empecé a llorar. Él me tomó del hombro, y me dijo: “No seas maricón, para lloriquear ya vas a tener la final”.

Así de lindo es el fútbol, te da y te quita, te alegra o te destruye. ¿Pero lo mejor sabés qué es? Lo momentos como este, que van a quedar alojados en tu mente por el resto de tu vida, y gozarlo con el recuerdo de vez en cuando es algo maravilloso.

No supe expresar de otra manera lo que tuve la oportunidad de presenciar en la noche de ayer.  Ya no me quedan lágrimas, ni abrazos cancheros a gente desconocida. Sigo conmocionado, ¿y cómo no lo voy a estar?

San Lorenzo es esto, vive de esto, y renace cual ave fénix esperando su próximo resurgimiento. Nacimos para sufrir, pero qué lindo es ganar así también, la puta madre. Esa agonía, ese nerviosismo que no se lo deseas ni a tu peor enemigo es algo espantoso, pero se convierte en algo tan lindo y efímero cuando se libera, cuando se da vuelta, que es algo simplemente inexplicable.

Ni siquiera sé si encaré bien el tema. Tal vez me fui por las ramas (es muy probable), pero lo aquí expuesto sale de un corazón que late a mil por hora. No tengo claras muchas cosas, quizá.

Eso sí, después de lo de anoche, no me quedan dudas: somos hijos de Santos.

Ponele el nombre que vos quieras a esos guiales: papá, mamá, abuelo, abuela, tío, Lorenzo Massa.

Al fin y al cabo, todos estos son Santos, y juegan de nuestro lado.

Comments

comments

No hay comentarios

Dejar respuesta